Semana Santa
El Viernes Santo en Jerez: Un idilio entre el silencio de palacio y el rugir de los barrios
Cuatro cofradías trazan el mapa de una jornada marcada por la elegancia de Loreto, el poderío de las Viñas y el eterno magnetismo del Cristo de la Expiración
Jerez ha despertado hoy con ese cansancio bendito que deja la Madrugada, pero con la mirada ya puesta en una de las tardes más completas y estéticas de nuestra Semana Mayor. El Viernes Santo en la ciudad no es solo un día de luto; es un despliegue de contrastes donde la sobriedad más absoluta de las cofradías de "negro" convive en perfecta armonía con el fervor desbordante de los barrios que cruzan puentes para buscar la Carrera Oficial. Bajo un sol que empezaba a caer, la ciudad se ha vuelto a convertir en un escenario de fe donde el silencio se corta con el rachear de los costaleros.
El pulso de la jornada lo han marcado, desde temprana hora, las corporaciones de barrio. La Exaltación ha vuelto a demostrar que las Viñas es un corazón que late con fuerza propia, llevando su imponente misterio con ese andar elegante que hace olvidar los kilómetros de recorrido. Casi al mismo tiempo, el entorno de San Telmo se convertía en un hervidero para despedir al Cristo de la Expiración. El magnetismo del "Cachorro" jerezano y la dulzura de la Virgen del Valle bajo sus velas rizadas siguen siendo, por derecho propio, uno de los grandes iconos de nuestra tierra, congregando a una marea humana que aguarda cada año el paso de la cofradía por la calle Ramón de Cala.
En el otro extremo de la balanza sentimental, el centro histórico se ha envuelto en un misticismo sobrecogedor. La Hermandad de Loreto ha dado, una vez más, una lección de exquisitez por la calle Bizcocheros. Ver a la Virgen de Loreto en su paso de plata, sin música, solo acompañada por el respeto de los fieles, es reconciliarse con la esencia más pura y clásica de la Semana Santa. Por su parte, la Soledad ha puesto el broche de plata y azabache a la tarde. El discurrir de esta cofradía por el eje de la calle Porvera, con el sonido de los tambores velados y la elegancia de su palio, es la antesala perfecta para el recogimiento que ya empieza a pedir el cuerpo tras una semana de emociones intensas.
Con el Santo Entierro ya asentado en la jornada del Sábado Santo, este Viernes ha ganado en fluidez y ha permitido a los cofrades disfrutar de los detalles sin las prisas de antaño. Jerez despide esta tarde de Pasión con el eco de las saetas aún resonando en San Telmo y el aroma a incienso fundiéndose con la brisa de la noche. Ahora, la ciudad guarda silencio y se prepara para una Vigilia que ya se adivina cercana, dejando atrás un Viernes Santo que ha vuelto a ser el reflejo fiel de una ciudad que sabe rezar tanto en el silencio de un convento como en el bullicio de su barrio más humilde.

Jerez ha despertado hoy con ese cansancio bendito que deja la Madrugada, pero con la mirada ya puesta en una de las tardes más completas y estéticas de nuestra Semana Mayor. El Viernes Santo en la ciudad no es solo un día de luto; es un despliegue de contrastes donde la sobriedad más absoluta de las cofradías de "negro" convive en perfecta armonía con el fervor desbordante de los barrios que cruzan puentes para buscar la Carrera Oficial. Bajo un sol que empezaba a caer, la ciudad se ha vuelto a convertir en un escenario de fe donde el silencio se corta con el rachear de los costaleros.
El pulso de la jornada lo han marcado, desde temprana hora, las corporaciones de barrio. La Exaltación ha vuelto a demostrar que las Viñas es un corazón que late con fuerza propia, llevando su imponente misterio con ese andar elegante que hace olvidar los kilómetros de recorrido. Casi al mismo tiempo, el entorno de San Telmo se convertía en un hervidero para despedir al Cristo de la Expiración. El magnetismo del "Cachorro" jerezano y la dulzura de la Virgen del Valle bajo sus velas rizadas siguen siendo, por derecho propio, uno de los grandes iconos de nuestra tierra, congregando a una marea humana que aguarda cada año el paso de la cofradía por la calle Ramón de Cala.
En el otro extremo de la balanza sentimental, el centro histórico se ha envuelto en un misticismo sobrecogedor. La Hermandad de Loreto ha dado, una vez más, una lección de exquisitez por la calle Bizcocheros. Ver a la Virgen de Loreto en su paso de plata, sin música, solo acompañada por el respeto de los fieles, es reconciliarse con la esencia más pura y clásica de la Semana Santa. Por su parte, la Soledad ha puesto el broche de plata y azabache a la tarde. El discurrir de esta cofradía por el eje de la calle Porvera, con el sonido de los tambores velados y la elegancia de su palio, es la antesala perfecta para el recogimiento que ya empieza a pedir el cuerpo tras una semana de emociones intensas.
Con el Santo Entierro ya asentado en la jornada del Sábado Santo, este Viernes ha ganado en fluidez y ha permitido a los cofrades disfrutar de los detalles sin las prisas de antaño. Jerez despide esta tarde de Pasión con el eco de las saetas aún resonando en San Telmo y el aroma a incienso fundiéndose con la brisa de la noche. Ahora, la ciudad guarda silencio y se prepara para una Vigilia que ya se adivina cercana, dejando atrás un Viernes Santo que ha vuelto a ser el reflejo fiel de una ciudad que sabe rezar tanto en el silencio de un convento como en el bullicio de su barrio más humilde.



















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