TRIBUNA LIBRE
Pedro Serrano Duarte, una vida al servicio de Jerez
Se nos ha ido Pedro Serrano Duarte, el cofrade de la Oración en el Huerto, el hombre de espíritu dominico, el belenista, el bombero honorífico. Un hombre profundamente vinculado a la vida social, cofrade y religiosa de Jerez, que deja tras de sí toda una vida marcada por el servicio, la amistad y el amor a sus devociones y a las tradiciones de su ciudad.
Durante buena parte de su vida estuvo estrechamente ligado al Cuerpo de Bomberos de Jerez, hasta convertirse en una presencia inseparable de su historia.
Desde el parque impulsó y organizó numerosas actividades destinadas a acercar la institución a los más pequeños, entre ellas las visitas de escolares o la recordada carrera infantil -Bomberos Jerez. A través de aquellas iniciativas junto a la agrupación, ayudó a transmitir a varias generaciones los valores de servicio, solidaridad y entrega que representaba aquel uniforme que lució con orgullo durante tantos años.
Ese uniforme que, además, tantas veces llevó por las calles de Jerez al encuentro de sus devociones. Era habitual verlo escoltando al Señor de la Paz o a la Virgen del Carmen Coronada, formando parte de esas estampas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en patrimonio sentimental de una ciudad.
Hace apenas unas semanas, sus compañeros le devolvían, con un entrañable homenaje, una pequeña parte de todo aquello que Pedro había entregado durante tantos años.
Porque Pedro sabía querer aquello a lo que servía.
Era amante de nuestras tradiciones, Belenista, atesoraba recuerdos, coleccionaba coches de bomberos, pero, sobre todo, coleccionaba historias. Chascarrillos, nombres, rostros, anécdotas y momentos compartidos. Siempre tenía algo que contar y, casi siempre, conseguía arrancarte una sonrisa.
Y junto al bombero estaba el cofrade. Y junto al cofrade, el hombre de fe.
Las cosas de la vida han querido que Pedro Serrano Duarte, en el momento de su partida, pasara a ostentar el número 10 —el que lucen las figuras del balompié, como su querido Betis—, el 10 de Hermandad de la Oración en el Huerto. En ella formó parte de distintas Juntas de Gobierno y ejerció, en su última etapa, como secretario. Pero su verdadera vinculación con la Hermandad estuvo siempre por encima de cualquier cargo.
Cercano, generoso y servicial; de esos cofrades que están, que están siempre, siempre ahí. Su presencia en los cultos, en los actos, en las convivencias y, de manera muy especial, en aquellas jornadas dominicanas del Día del Amor Fraterno, forma ya parte de la historia sentimental de la corporación.
El pasado Jueves Santo recibió la condición de Hermano Honorífico, como reconocimiento a tantos años de cariño, entrega y dedicación. Fue, de alguna manera, el abrazo de la Hermandad a uno de los suyos; el reconocimiento a toda una vida de pertenencia y amor.
Su relación con el Real Convento de Santo Domingo, la sede canónica de su hermandad, iba mucho más allá de lo institucional. Era verdaderamente su segunda casa.
Conocía sus rincones y sus historias; el salón de la Milicia Angélica y a tantos frailes que fueron pasando por el convento a lo largo de los años. Allí se casó. Allí compartió innumerables momentos. Allí construyó una parte esencial de su historia personal, de su fe y de su vida cofrade.
En la capilla del Dulce Nombre de Jesús quedan también las huellas de aquella historia compartida. En las vitrinas de la casa de hermandad que, junto a otros hermanos, levantaron con sus propias manos en los años ochenta; en las fotografías antiguas; en los cuadros que conservan la memoria de la corporación y en tantos rostros de hermanos que le acompañaron en el camino y que hoy ya descansan junto al Señor.
Pedro perteneció a la Corte de Nuestra Señora de Consolación, manteniendo una especial devoción por la Copatrona de Jerez, Consuelo de los jerezanos. Y quiso el destino regalarle, incluso en el momento de su despedida, una última estampa profundamente jerezana. Así fue que Pedro entró a Santo Domingo llevado a hombros por miembros del Cuerpo de Bomberos de Jerez, allí le aguardaba Nuestra Señora de Consolación, en su paso, engalanada a pocas horas de iniciar su salida procesional de Alabanza, testigo de su despedida.
Y quizá sea ahí donde mejor podamos encontrar ahora a Pedro, en Santo Domingo, en su Hermandad, en las devociones que tanto quiso y en tantos rincones de Jerez que guardan algo de su paso.
Pedro permanecerá en lo que nos enseñó, en las historias que compartió , en las pequeñas costumbres de cada día y en ese inmenso legado de cariño que ninguna despedida puede borrar.
Por eso, cada vez que entremos en Santo Domingo, en la capilla del Dulce Nombre de Jesús, ante el Señor Orante y María Santísima de la Confortación, quizá volvamos a sentir su presencia.
Ahí permanece su manera de querer aquello a lo que servía.
Junto a los compañeros con los que sirvió, los hermanos con los que compartió camino, las personas a las que ayudó y, sobre todo, una familia que llevará para siempre su nombre y su recuerdo en el corazón.
De seguro que cuando volvamos a entrar en Santo Domingo, bastará con mirar alrededor para sentir que Pedro sigue allí, en algún recuerdo que alguien vuelva a contar, en la mirada al cielo del Señor Orante, en los amplios ojos de Confortación, en los pliegos de las alas de sus ángeles, en el regazo de quien nos Consuela.
Que el Señor lo reciba en su gloria.
Que María Santísima de la Confortación lo acompañe.
Y que Nuestra Señora de Consolación sea, ahora y siempre, el consuelo de los suyos.
Descansa en paz, Pedro.
Hasta que nos volvamos a encontrar…en Santo Domingo.

Se nos ha ido Pedro Serrano Duarte, el cofrade de la Oración en el Huerto, el hombre de espíritu dominico, el belenista, el bombero honorífico. Un hombre profundamente vinculado a la vida social, cofrade y religiosa de Jerez, que deja tras de sí toda una vida marcada por el servicio, la amistad y el amor a sus devociones y a las tradiciones de su ciudad.
Durante buena parte de su vida estuvo estrechamente ligado al Cuerpo de Bomberos de Jerez, hasta convertirse en una presencia inseparable de su historia.
Desde el parque impulsó y organizó numerosas actividades destinadas a acercar la institución a los más pequeños, entre ellas las visitas de escolares o la recordada carrera infantil -Bomberos Jerez. A través de aquellas iniciativas junto a la agrupación, ayudó a transmitir a varias generaciones los valores de servicio, solidaridad y entrega que representaba aquel uniforme que lució con orgullo durante tantos años.
Ese uniforme que, además, tantas veces llevó por las calles de Jerez al encuentro de sus devociones. Era habitual verlo escoltando al Señor de la Paz o a la Virgen del Carmen Coronada, formando parte de esas estampas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en patrimonio sentimental de una ciudad.
Hace apenas unas semanas, sus compañeros le devolvían, con un entrañable homenaje, una pequeña parte de todo aquello que Pedro había entregado durante tantos años.
Porque Pedro sabía querer aquello a lo que servía.
Era amante de nuestras tradiciones, Belenista, atesoraba recuerdos, coleccionaba coches de bomberos, pero, sobre todo, coleccionaba historias. Chascarrillos, nombres, rostros, anécdotas y momentos compartidos. Siempre tenía algo que contar y, casi siempre, conseguía arrancarte una sonrisa.
Y junto al bombero estaba el cofrade. Y junto al cofrade, el hombre de fe.
Las cosas de la vida han querido que Pedro Serrano Duarte, en el momento de su partida, pasara a ostentar el número 10 —el que lucen las figuras del balompié, como su querido Betis—, el 10 de Hermandad de la Oración en el Huerto. En ella formó parte de distintas Juntas de Gobierno y ejerció, en su última etapa, como secretario. Pero su verdadera vinculación con la Hermandad estuvo siempre por encima de cualquier cargo.
Cercano, generoso y servicial; de esos cofrades que están, que están siempre, siempre ahí. Su presencia en los cultos, en los actos, en las convivencias y, de manera muy especial, en aquellas jornadas dominicanas del Día del Amor Fraterno, forma ya parte de la historia sentimental de la corporación.
El pasado Jueves Santo recibió la condición de Hermano Honorífico, como reconocimiento a tantos años de cariño, entrega y dedicación. Fue, de alguna manera, el abrazo de la Hermandad a uno de los suyos; el reconocimiento a toda una vida de pertenencia y amor.
Su relación con el Real Convento de Santo Domingo, la sede canónica de su hermandad, iba mucho más allá de lo institucional. Era verdaderamente su segunda casa.
Conocía sus rincones y sus historias; el salón de la Milicia Angélica y a tantos frailes que fueron pasando por el convento a lo largo de los años. Allí se casó. Allí compartió innumerables momentos. Allí construyó una parte esencial de su historia personal, de su fe y de su vida cofrade.
En la capilla del Dulce Nombre de Jesús quedan también las huellas de aquella historia compartida. En las vitrinas de la casa de hermandad que, junto a otros hermanos, levantaron con sus propias manos en los años ochenta; en las fotografías antiguas; en los cuadros que conservan la memoria de la corporación y en tantos rostros de hermanos que le acompañaron en el camino y que hoy ya descansan junto al Señor.
Pedro perteneció a la Corte de Nuestra Señora de Consolación, manteniendo una especial devoción por la Copatrona de Jerez, Consuelo de los jerezanos. Y quiso el destino regalarle, incluso en el momento de su despedida, una última estampa profundamente jerezana. Así fue que Pedro entró a Santo Domingo llevado a hombros por miembros del Cuerpo de Bomberos de Jerez, allí le aguardaba Nuestra Señora de Consolación, en su paso, engalanada a pocas horas de iniciar su salida procesional de Alabanza, testigo de su despedida.
Y quizá sea ahí donde mejor podamos encontrar ahora a Pedro, en Santo Domingo, en su Hermandad, en las devociones que tanto quiso y en tantos rincones de Jerez que guardan algo de su paso.
Pedro permanecerá en lo que nos enseñó, en las historias que compartió , en las pequeñas costumbres de cada día y en ese inmenso legado de cariño que ninguna despedida puede borrar.
Por eso, cada vez que entremos en Santo Domingo, en la capilla del Dulce Nombre de Jesús, ante el Señor Orante y María Santísima de la Confortación, quizá volvamos a sentir su presencia.
Ahí permanece su manera de querer aquello a lo que servía.
Junto a los compañeros con los que sirvió, los hermanos con los que compartió camino, las personas a las que ayudó y, sobre todo, una familia que llevará para siempre su nombre y su recuerdo en el corazón.
De seguro que cuando volvamos a entrar en Santo Domingo, bastará con mirar alrededor para sentir que Pedro sigue allí, en algún recuerdo que alguien vuelva a contar, en la mirada al cielo del Señor Orante, en los amplios ojos de Confortación, en los pliegos de las alas de sus ángeles, en el regazo de quien nos Consuela.
Que el Señor lo reciba en su gloria.
Que María Santísima de la Confortación lo acompañe.
Y que Nuestra Señora de Consolación sea, ahora y siempre, el consuelo de los suyos.
Descansa en paz, Pedro.
Hasta que nos volvamos a encontrar…en Santo Domingo.

























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.7