TRIBUNA LIBRE
¿También se van de vacaciones el Señor y la Virgen?
Llega agosto. Las ciudades se vacían, las playas se llenan y el termómetro parece empeñado en batir récords. Hasta aquí, nada nuevo. Lo curioso es que, en muchas hermandades de nuestra Diócesis de Asidonia-Jerez, el calendario parece sufrir una transformación casi milagrosa: desaparecen cultos, rosarios, oraciones, convivencias e incluso la actividad ordinaria que durante el resto del año llena de vida las casas de hermandad.
Uno podría llegar a pensar, con cierta ironía, que también las imágenes titulares han hecho las maletas para disfrutar de un merecido descanso estival.
Es evidente que los sacerdotes necesitan vacaciones. También los miembros de las juntas de gobierno, los voluntarios y cuantos dedican tantas horas al servicio de la Iglesia. Nadie discute ese derecho, más que necesario. Las altas temperaturas tampoco ayudan a organizar actividades multitudinarias.
Pero quizá convenga preguntarse si la vida espiritual de una hermandad debe depender tanto del calendario laboral.
![[Img #5185]](https://hoyjerez.com/upload/images/08_2026/5024_iglesiacerrada.jpg)
Porque una hermandad no es solo una organización que programa actos. Es, ante todo, una comunidad de fe. Y la fe no entiende de meses hábiles e inhábiles. El Evangelio no cierra por vacaciones. La oración no tiene temporada baja. Cristo sigue en el Sagrario el 15 de agosto igual que el Miércoles de Ceniza, y la Santísima Virgen continúa esperando la visita de sus hijos aunque el mercurio marque cuarenta grados.
No se trata de llenar agosto de grandes eventos ni de exigir agendas imposibles. Bastaría, quizá, con mantener algún momento de oración, una sencilla celebración, una apertura del templo especialmente anunciada o un pequeño gesto que recuerde que la vida de hermandad permanece viva los doce meses del año.
Paradójicamente, agosto es también el mes de numerosas advocaciones marianas, de fiestas patronales y de celebraciones profundamente arraigadas en la religiosidad popular. Resulta llamativo que, precisamente entonces, muchas corporaciones entren en una especie de hibernación espiritual.
Tal vez sea el momento de reflexionar si nuestras hermandades están llamadas a ser instituciones con horario de oficina… o auténticas comunidades cristianas que laten durante todo el año.
Porque, al fin y al cabo, las vacaciones son para nosotros. Ellos, afortunadamente, nunca dejan de esperarnos.

Llega agosto. Las ciudades se vacían, las playas se llenan y el termómetro parece empeñado en batir récords. Hasta aquí, nada nuevo. Lo curioso es que, en muchas hermandades de nuestra Diócesis de Asidonia-Jerez, el calendario parece sufrir una transformación casi milagrosa: desaparecen cultos, rosarios, oraciones, convivencias e incluso la actividad ordinaria que durante el resto del año llena de vida las casas de hermandad.
Uno podría llegar a pensar, con cierta ironía, que también las imágenes titulares han hecho las maletas para disfrutar de un merecido descanso estival.
Es evidente que los sacerdotes necesitan vacaciones. También los miembros de las juntas de gobierno, los voluntarios y cuantos dedican tantas horas al servicio de la Iglesia. Nadie discute ese derecho, más que necesario. Las altas temperaturas tampoco ayudan a organizar actividades multitudinarias.
Pero quizá convenga preguntarse si la vida espiritual de una hermandad debe depender tanto del calendario laboral.
![[Img #5185]](https://hoyjerez.com/upload/images/08_2026/5024_iglesiacerrada.jpg)
Porque una hermandad no es solo una organización que programa actos. Es, ante todo, una comunidad de fe. Y la fe no entiende de meses hábiles e inhábiles. El Evangelio no cierra por vacaciones. La oración no tiene temporada baja. Cristo sigue en el Sagrario el 15 de agosto igual que el Miércoles de Ceniza, y la Santísima Virgen continúa esperando la visita de sus hijos aunque el mercurio marque cuarenta grados.
No se trata de llenar agosto de grandes eventos ni de exigir agendas imposibles. Bastaría, quizá, con mantener algún momento de oración, una sencilla celebración, una apertura del templo especialmente anunciada o un pequeño gesto que recuerde que la vida de hermandad permanece viva los doce meses del año.
Paradójicamente, agosto es también el mes de numerosas advocaciones marianas, de fiestas patronales y de celebraciones profundamente arraigadas en la religiosidad popular. Resulta llamativo que, precisamente entonces, muchas corporaciones entren en una especie de hibernación espiritual.
Tal vez sea el momento de reflexionar si nuestras hermandades están llamadas a ser instituciones con horario de oficina… o auténticas comunidades cristianas que laten durante todo el año.
Porque, al fin y al cabo, las vacaciones son para nosotros. Ellos, afortunadamente, nunca dejan de esperarnos.























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