Feria del Caballo
El duende de Morante conquista Jerez en una faena para la historia y el recuerdo de Paula
El genio sevillano firma una obra maestra de paciencia y desgarro ante un manso de Álvaro Núñez en el broche de oro de la Feria del Caballo
Hay tardes de toros que nacen con el destino escrito en las estrellas y plazas que, por su propia solera, exigen el milagro. El cierre de la Feria del Caballo 2026 en el coso de la calle Circo fue de esas que se guardan en la memoria de los elegidos. Con el cartel de "No hay billetes" colgado en las taquillas y la atmósfera preñada de expectación, sonaron los acordes del Himno Nacional antes de que un respetuoso minuto de silencio recordara el centenario de Joselito ‘El Gallo’. Lo que vino después en el ruedo de Jerez fue pura poesía, desgarro y pasión, un compendio de lo que este arte es capaz de generar cuando se junta la bravura de un toro y la genialidad absoluta de un torero.
La apoteosis de la tarde llegó en el cuarto de la función, un castaño de Álvaro Núñez de bellas hechuras llamado ‘Cambembo’ que, de salida, no quiso saber nada del mundo y manseó de forma ostensible en varas. Parecía el enemigo ideal para abreviar, pero Morante de la Puebla decidió que Jerez merecía ver torear. Fuera de todo canon escrito, el cigarrero lo muleteó por bajo para enseñarle el camino, dejando trincherazos que eran auténticos carteles de toros. El animal era manso pero encastado, de los que salen del revés y buscan la huida, pero Morante, armado de una paciencia infinita, se entregó a una labor que rindió un homenaje implícito a la figura mítica de Rafael de Paula.
Toda la faena se consumó en el terreno del闵, encerrado en las tablas, ofreciendo el pecho y toreando con los puros vuelos, acariciando la embestida con la bamba de la muleta. Fue tal el magisterio y el sometimiento, que el toro acabó entregado al duende del sevillano, regalando una tanda de naturales lentos, profundos y llenos de misterio que pusieron al público en pie. El epílogo, en un palmo de terreno con derechazos de locura, desató los olés más apasionados que se recuerdan en esta plaza. Tras un pinchazo y una estocada, cayeron las dos orejas de ley que le aseguraban la Puerta Grande. Antes, con el noble primero, Morante ya había dejado un recibo a la verónica ralentizado y un quite por delantales con sabor añejo que quedó en ovación ante la falta de motor del animal.
Compartió los honores del triunfo José María Manzanares, que paseó un trofeo de cada uno de sus oponentes mostrando su versión más madura y poderosa. Al encastado segundo, un toro que fue a más, lo templó a la verónica y lo cuajó en redondo con tandas ligadas de un empaque sobresaliente que hicieron romper a la plaza tras la buena labor en banderillas de Diogo Vicente. Frente al deslucido quinto, un ejemplar que medía y se colaba con peligro, el alicantino tiró de oficio y firmeza, imponiendo su ley por el pitón derecho para amarrar la segunda oreja de su lote tras una estocada letal.
La cruz de la moneda con los aceros la vivió Juan Ortega, quien firmó una tarde de una pureza excelsa que mereció mayor premio. Su faena al sexto, el mejor toro del encierro, fue una obra de arte desde el capote, donde acarició las verónicas y cuajó un quite por tafalleras colosal. Con la muleta, el sevillano paladeó el toreo por bajo y corrió la mano al natural con una lentitud y un trazo rotundo que extasiaron a los tendidos, paseando un apéndice tras pinchar un triunfo de clamor. En el tercero ya había dejado destellos plásticos en un inicio por ayudados al ralentí. Así se cerró un ciclo jerezano triunfal, con el toreo eterno flotando sobre el albero.

Hay tardes de toros que nacen con el destino escrito en las estrellas y plazas que, por su propia solera, exigen el milagro. El cierre de la Feria del Caballo 2026 en el coso de la calle Circo fue de esas que se guardan en la memoria de los elegidos. Con el cartel de "No hay billetes" colgado en las taquillas y la atmósfera preñada de expectación, sonaron los acordes del Himno Nacional antes de que un respetuoso minuto de silencio recordara el centenario de Joselito ‘El Gallo’. Lo que vino después en el ruedo de Jerez fue pura poesía, desgarro y pasión, un compendio de lo que este arte es capaz de generar cuando se junta la bravura de un toro y la genialidad absoluta de un torero.
La apoteosis de la tarde llegó en el cuarto de la función, un castaño de Álvaro Núñez de bellas hechuras llamado ‘Cambembo’ que, de salida, no quiso saber nada del mundo y manseó de forma ostensible en varas. Parecía el enemigo ideal para abreviar, pero Morante de la Puebla decidió que Jerez merecía ver torear. Fuera de todo canon escrito, el cigarrero lo muleteó por bajo para enseñarle el camino, dejando trincherazos que eran auténticos carteles de toros. El animal era manso pero encastado, de los que salen del revés y buscan la huida, pero Morante, armado de una paciencia infinita, se entregó a una labor que rindió un homenaje implícito a la figura mítica de Rafael de Paula.
Toda la faena se consumó en el terreno del闵, encerrado en las tablas, ofreciendo el pecho y toreando con los puros vuelos, acariciando la embestida con la bamba de la muleta. Fue tal el magisterio y el sometimiento, que el toro acabó entregado al duende del sevillano, regalando una tanda de naturales lentos, profundos y llenos de misterio que pusieron al público en pie. El epílogo, en un palmo de terreno con derechazos de locura, desató los olés más apasionados que se recuerdan en esta plaza. Tras un pinchazo y una estocada, cayeron las dos orejas de ley que le aseguraban la Puerta Grande. Antes, con el noble primero, Morante ya había dejado un recibo a la verónica ralentizado y un quite por delantales con sabor añejo que quedó en ovación ante la falta de motor del animal.
Compartió los honores del triunfo José María Manzanares, que paseó un trofeo de cada uno de sus oponentes mostrando su versión más madura y poderosa. Al encastado segundo, un toro que fue a más, lo templó a la verónica y lo cuajó en redondo con tandas ligadas de un empaque sobresaliente que hicieron romper a la plaza tras la buena labor en banderillas de Diogo Vicente. Frente al deslucido quinto, un ejemplar que medía y se colaba con peligro, el alicantino tiró de oficio y firmeza, imponiendo su ley por el pitón derecho para amarrar la segunda oreja de su lote tras una estocada letal.
La cruz de la moneda con los aceros la vivió Juan Ortega, quien firmó una tarde de una pureza excelsa que mereció mayor premio. Su faena al sexto, el mejor toro del encierro, fue una obra de arte desde el capote, donde acarició las verónicas y cuajó un quite por tafalleras colosal. Con la muleta, el sevillano paladeó el toreo por bajo y corrió la mano al natural con una lentitud y un trazo rotundo que extasiaron a los tendidos, paseando un apéndice tras pinchar un triunfo de clamor. En el tercero ya había dejado destellos plásticos en un inicio por ayudados al ralentí. Así se cerró un ciclo jerezano triunfal, con el toreo eterno flotando sobre el albero.






















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